Cuaderno de bitácora de la travesía musical que realizan los cantautores Nino Sánchez y Amparo García-Otero
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lunes, 28 de enero de 2008

Reflexionando


Ayer estuve repasando algunas canciones, música que no había escuchado desde hace algún tiempo. Música de cantautores españoles, franceses, iberoamericanos, aquéllos más veteranos, éstos más jóvenes. Me dio por recordar ciertas reflexiones que de vez en cuando me planteo a mí misma.

La música de autor en España nació como un grito social ante una realidad histórica que fluyó hasta los cambios políticos de la transición. En este entorno, esas voces reivindicaban una sociedad más abierta, pero no sólo eso, sino también unos cambios estéticos: un retorno hacia la raíz popular, la tradición y también hacia la poesía española, que tanto arraigo ha tenido en nuestro país desde la época de los cantares de gesta hasta el Romanticismo pasando, por supuesto, por el Siglo de Oro, en el que nuestros autores versificaban por y para el pueblo. Posteriormente la poesía fue paulatinamente cobrando un caracter más elitista hasta el punto de que los autores del S. XX han ido desarrollando una palabra elaborada, un verso para el que el lector necesita cierta preparación y una indiscutible vocación de "consumidor poético".


Sin embargo muchos de nuestros poetas han asimilado esa tradición tan española, tan nuestra. Los Machado, Unamuno, García Lorca, Gerardo Diego y muchos otros que no cabe nombrar en unas líneas.
La música de autor, por consiguiente, nace en las fuentes de la poesía tradicional por un lado, por otro, bebe de la música folclórica, que en nuestro contexto cultural se halla no pocas veces vinculada a aquélla. El cantautor canta a los poetas, pero también él mismo es un poeta que aporta sus propios versos, siempre vinculados a la raíz del pueblo.


Estos fueron los principios, luego, paulatinamente, la música de autor va cambiando de escenario y se traslada al entorno urbano. La estética y la temática se adecúan al cambio de los tiempos: surge el cantautor vinculado a la gran ciudad y al ritmo que ésta marca.


El hombre de campo, trasladado a la urbe, gana en unos aspectos, pierde en otros. Goza de unas libertades y disfrutes que no estuvieron a su alcance durante siglos, pero al tiempo sufre el desarraigo que supone no pertenecer a un grupo social reducido y concreto, se pierde el sentimiento atávico de "tribu". La sociedad urbana, establecida en compartimentos estancos dentro de ciudades-dormitorio, donde apenas conviven las familias, no ofrece la cobertura psicológica del entorno rural, de la convivencia entre parientes y vecinos. La persona se incomunica, surge el problema de la soledad del individuo inmerso en la multitud.


Si, por ejemplo, analizamos las canciones de amor procedentes de la música tradicional veremos coplas como éstas:


"Aunque no haga falta el agua/con mi cántaro a la fuente/por ver a aquellos mocitos/que son guapos y valientes".


Son canciones de encuentro, de alegre encuentro.


Sin embargo la música amatoria urbana, abunda en situaciones de amargura, de desencuentro, los amantes perciben distancias enormes entre la estrecha franja que separa un par de copas. Hay libertad de comportamiento, de elección, sin embargo la relación incluye una serie de planteamientos que antaño, el hombre embarcado en la lucha por la supervivencia, ni se planteaba. Otra vez la soledad planeando sobre las cabezas...y sobre las letras de los cantautores.


Otra cuestión fundamental está en la estética que se perfila en los cantautores de raíz "folk" y los de raíz urbana, no sólo en la instrumentación, que en ocasiones puede ser permeable, sino en la propia melodía, en la "inspiración". No es lo mismo la imagen mental de un campo abierto, una ciudad pequeña de plazas recoletas, un horizonte amplio bajo un atardecer luminoso, que la estética urbana de edificios contemporáneos, las calles atestadas, el ruido del tráfico. No es una cuestión de "bonito" o "feo", sino del murmullo interior que ambas visiones provocan y que el compositor recrea en letra y melodía.


Tanto Nino Sánchez como yo hemos nacido en ciudades de las consideradas "históricas" o "monumentales", él en Salamanca, yo en Valladolid. Él ha vivido en Barcelona y vive actualmente en Madrid, yo he vivido en Madrid y actualmente en Segovia. No hay duda de que tanto Nino como yo, pese al hecho siempre enriquecedor que supone el paso por la gran ciudad, tenemos nuestras raíces en dos de las provincias atravesadas por el Duero, con todos los recuerdos y las experiencias estéticas que ello conlleva, pues a pesar de que todo cambia, se trata de lugares que poseen sabor a siglos. Eso está presente en su música y en la mía. Es inevitable.

4 comentarios:

Manuela dijo...

Muy interesantes e instructivas estas reflexiones.
No dudo que ambos, Nino y Amparo, con el bagaje de la ciudad pequeña y la gran ciudad a cuestas, sacarán lo mejor de sí mismos para ofrecernos un gran trabajo.
Que así sea.

Amparo García - Otero dijo...

Así sea. Gracias, Manuela.

José María González dijo...

Cualquier persona, incluidos los músicos, es permeable a todo lo que se mueve a su alrededor.

Cuando el músico "filtra" todos esos estímulos, añadiendo las emociones que estos le producen, suelen dar como resultado las obras con que nos deleitan.

Es lógico pensar que cada compositor, del pasado, presente y futuro, se deja llevar más facilmente por lo conocido. Por eso los autores actuales cantan sobre las cosas de la vida actual.

No quiero decir que vosotros seáis un anacronismo, sino que los estímulos creativos son un tema muy íntimo y personal, y los vuestros estan un poco a contracorriente en estos tiempos de una banalidad casi absoluta.

Afortunadamente, a la hora de apreciar las cosas de otra manera, no estáis solos.

¡Que os/nos vaya bien!

Amparo García - Otero dijo...

Verás José María, yo creo que "Juglares del Duero" juega con arquetipos atemporales. Por ejemplo, "Romance del Duero" de Gerardo Diego plasma las sensaciones de un poeta frente a un paisaje y todo lo que en un momento determinado le sugiere tal paisaje. Eso no tiene fecha de caducidad. Yo, a mi vez, juego con las sensaciones que me provoca el poema y mi propia visión de esos paisajes a la hora de componer la música. La versión que Nino realiza de "Castilla" de Unamuno es otro ejemplo similar. "Ay triste que vengo", de Juan del Enzina, que también interpreta Nino, es una canción de amor que refleja sentimientos, no situaciones y eso es aplicable a cualquier época. Estamos tocando las "esencias" y estoy de acuerdo contigo en que vivimos tiempos de banalidad y consumismo, lo cual nos convierte en personajes un poco "atípicos".

Más que ir contracorriente, yo diría que no nos dejamos llevar por la corriente. Tanto Nino como yo hemos sido dos cantautores que han trabajado de cara a sí mismos más que de cara a la galería. Eso lo intentaré explicar en la próxima entrada. Un punto que tenemos en común y tal vez el que nos ha llevado a colaborar en este trabajo, es precisamente ese afán "esencial" de buscar por encima de todo un trabajo sincero, sin falsas poses comerciales, aunque sabemos de antemano que apostamos por algo difícil.

También sé que no estamos solos y que somos bastantes los músicos embarcados en el mismo empeño: no perder las raíces, bien sea a través de la recreación o a través de la propia creación. Y algo más: hay un público, ciertamente minoritario, que apoya este tipo de apuestas, pero existe.

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